Sobre “Unidad básica”, dirigida por Pompeyo Audivert y Andrés Mangone.
Hurgar en el vacío para llegar a la unidad básica, al mínimo ladrillo que constituye todo lo que existe y encontrarse con el infinito. Una partícula subatómica se subdivide en otra y esta, en otras, y cada vez que creemos llegar a la originaria, una explosión, una perseverante creación de mundo se obstina en particiones. Y lo que se parte parte, zarpa. Va hacia otro encuentro, hacia otra forma, hacia otra historia. Pero, si la historia padece de aferramientos, aunque el movimiento continúe, la potencia se estanca. Así pasa cuando lo originario está perdido.

En Argentina, “unidad básica” remite a la célula mínima de organización del peronismo. No es un origen abstracto, sino un origen encarnado, conflictivo, construido y atravesado por luchas. Pero, se sabe, todo relato histórico incluye la trampa de un origen pleno. Porque, al igual que sucede a nivel de las partículas, lo originario está marcado por el desconocimiento, por un desfasaje, por un tiempo que es siempre antes o después. Así, nunca resulta una unidad, sino algo que se revela como fallado.
Podríamos decir, la unidad no se rompe después, sino que ya nace dividida o dividiéndose.
Ha habido un golpe que los ha golpeado mucho y ambos están heridos. Y, mientras llegan a una primera estación del exilio -una unidad básica en Comodoro Rivadavia-, disputan por la heroicidad de sus heridas. Beto actúa como si la militancia consistiera en apretar los dientes y ser obedecido. Y Pelusa, sumergido en su herida, vacila entre el mandato y la renuncia. Los dos sangran. Pero Pelusa no puede más. Cuando un cuerpo grita que no puede más y el compañero le pega en la herida, el exilio ya está consumado. Sin embargo, ambos merodean en las afueras, como quien dice en el purgatorio- antesala del exilio.
Así las cosas, ¿dónde está la entrada del exilio si, como afirma María, “ya no estamos en el país, señor”?

Para peor, “Ha habido una fractura”, “Ha habido traiciones”, “Ha habido renuncias para evitar males mayores”. Y, mientras unos ofrecen refugio, los fugados se tiran cuchilladas de muerte: un hábito de vínculo, que pretende no tener más consecuencias que un empujoncito. Así, la simplicidad de un “Perdóname, no es nada, vamos, compañero” indistingue vivir y morir. Así ocurre en la desolación, cuando el puente con el mundo y con ellos mismos se ha quebrado.
Entonces, los exilios se superponen dentro de la unidad que se ha vuelto demasiado básica. Y, cuando Beto y Pelusa atraviesan el marco que une el interior con la inundación, solo Oscarcito, -¿el niño, ¿el viejo aniñado?, ¿el indio vuelto peón?- parece poder comprender qué ve a la distancia. Más silencioso que el resto, Oscarcito merodea su infancia inquieta, habla poco, aunque al circular entre los demás traza el hilo indispensable que une todos los exilios truncados. Oscarcito recuerda tanto al Clov de “Habitación Macbeth”, que una sospecha en un momento si detrás del vano de esa puerta no estarán dando otra función. Lo que es seguro: por ahí no se entra al exilio definitivo.
El retrato de Perón y Evita ha sido cubierto con un mapa de la República Argentina, es decir, de un país que ya no existe, que va hacia el exilio de sí. Para colmo, cuando sopla el viento del sur, no hay forma de distinguir entre las ráfagas contra las chapas, la vibración de una frecuencia abierta de la radio y el jadeo de un animal recién despierto: “la respiración gigantesca que no termina más y pasa por encima”. El viento contra la chapa reedita el golpe a Perón y corta toda posibilidad de contacto: “Atención, aquí Unidad Básica 3219. Creemos tener los circuitos de recepción fundidos más no los de trasmisión. Asumimos estar siendo escuchados y no tener retorno, repito, no tenemos retorno, pero aún podemos trasmitir”.
No hay retorno, entonces, porque lo que ocurrió aún ocurre como herida: “Perón murió hace rato” “Puede ser, pero el dolor no acaba”. Y, si el dolor se instala, el tiempo del reloj está abolido o es un secreto que solo María custodia a modo de afrenta o venganza contra ese hombre que no ha hecho más que ponerla en peligro con sus ilusiones radioaficionadas.

También el espacio perdió sus coordenadas. Solo resta “viento, cenizas en el viento”, y un zumbido, como toda señal de un contacto. En el fondo del derrumbe, apenas persiste una vibración que conduce a otro fondo y a otro fondo: “La única verdad es la realidad María, por más que sea mentira”.
Y entonces puede suceder que haya una madre que se muere y se desmuere, encima, se llama María, así que lo de resucitar le hubiera correspondido a su hijo. Eso, en la circunstancia de que su hijo fuera Jesús, pero en este caso es Oscarcito, que en vez de clavos viene con el cuerpo picado por abejas, justo en el momento en que su padre- como quien pide, “poné la mesa”- le reclama una pala para enterrar a su madre.
Y la radio no da señales de contacto.

Dicen que afuera hay un deshielo, los bloques han cedido sin resistencia y el pueblo, también. No hay modo de combatir ni por tierra ni por cielo, ya no más que dos voluntades cansadas y desarmadas.
Caen rayos. Un rayo que no responde a ningún dios, como si el cielo hubiera perdido dueño. No cae para castigar ni para fundar, cae porque algo en lo alto se quebró. Un rayo síntoma: no de justicia, sino de una falla en el orden del mundo. El rayo, de pronto, se hace puñal de Beto contra Pelusa. Porque todo en este universo se ha puesto débil e impotente y solo queda desmorir. Desmorir es un hábito de los personajes de Unidad básica. “Estuve muerto, estoy herido”, dice Pelusa. Heridos, soñadores, afiebrados, desilusionados, desolados, vivos y muertos, la Antártida o la Atlántida habitan una sola continuidad.
Por eso, de este lado de las cosas, la rebelión llega inútil y a destiempo y torna en traición. Las señas desfiguran los rostros y la partida. El truco es evidente en cartas marcadas y falsificaciones. Todo se desarrolla tan bajito…Y es posible que del otro lado alguien lo advierta y se ponga a jugar en nombre de los vencidos. Y, encima, les pegue un hachazo en el ojo.
“Yo pregunto por qué la CGT en el partido”
“El partido está partido” “Estamos en las malas”. “Más balas no me entran”.
“Por favor, atendamos el juego”.
Tal vez sea ese el problema. Tal vez por culpa de una colmena intrusa hemos perdido contacto con lo originario, entre nosotros, con eso que se escurre y nos constituye, con el vacío detrás de la puerta. Tal vez si pudiéramos comprender el zumbido de las abejas, entenderíamos a Oscarcito, a ese “indio que encontramos hace unos años acá cerca, en la zanja de Alsina. Se fue quedando y ahora es mi peón”, según la versión de Pedro. O ese “hijo de la tierra”, según la versión que Oscarcito da de sí mismo. O ese personaje que denuncia lo inapropiable “Como peón es mío, como indio se pertenece a él, a nadie más”.

Sucede que esto es el sur, “una antigua explotación minera del rio turbio”, o es un lugar fuera de continente y de mundo. Y entonces Pedro, Oscarcito y María son a la vez serenos, cuidadores de las “bocas de los túneles pa’ que naides se lastime”, testigos, unidad suelta de una larga cadena desmembrada.

Y hay un momento donde el vehículo arranca, la nave reparada, sin embargo, “atravesará el país entero, pero “en el sentido inverso, en el sentido de la lucha inclaudicable”. Ruge la nave o la moto o el animal que hace tiempo respira ahí afuera y no permite escuchar el zumbido de las abejas. Los viajeros se pierden en la oscuridad, donde solo se anima Oscarcito, el hijo de la tierra. Los que permanecen en la unidad básica rebuscan un sueño de “peldaños mojados” y caídas.

Habrá que despejar la señal en la antena.
O aprender alguna lengua básica, primordial. Un zumbido, como de abejas.

| Dramaturgia: Creación Colectiva
Actúan: Hernán Fernández, Abel Ledesma, Andrés Mangone, Fernanda Pérez Bodria, Gustavo Saborido
Redes Sociales: Estudio A Música: Claudio Peña Fotografía: Luz García Asistencia de escenografía:Victor Sied Asistencia de dirección: Débora Nacarate Prensa: Daniel Franco Dirección: Pompeyo Audivert, Andrés Mangone
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